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Jueves, 26 de octubre de 2006
Pabliten pasó una noche infernal, a raíz de los dolores ocasionados por los revolcones en la calesita, así que cuando despertó sintió una especie de alegría al ver que estaba lloviendo.
Por ende, lo de meterse desnudo en la pileta de natación del club quedó para otro día, y pudo dedicarse a una actividad más bucólica, cual es quedarse todo el día en la cama, escuchando la radio.
A eso de las dos de la tarde, cuando se estaba levantando para desayunar, llegó un amigo, “el gaucho” Horacio Crispín.
Era Crispín un tipo estrafalario, recibido de ingeniero con las mejores calificaciones, muy interesado en las tecnologías alternativas, y con veleidades de cantor (cuentan las malas lenguas que, cuando nació su primer hijo, habitualmente le cantaba para arrullarlo, hasta que el niño aprendió a hablar, y un día le confesó que prefería que le pegara una paliza, en todo caso, pero que dejara de cantarle).
Decíamos que Crispín era un excelente ingeniero, pero sus hábitos campestres, la ropa que usaba, su forma de caminar, etc., le habían hecho merecer el apodo mencionado.
Había ganado cierto renombre unos años antes, cuando insistió en trasladar cierto bulto enorme y pesado sobre un colchón de aire. No llegó a su destino final, ya que al intentar el cruce de una calle de tierra, la polvareda que levantó causó el único eclipse simultáneo de sol, luna, estrellas, galaxias y hasta nubes que se vió en Kasteli, pero al menos lo movió casi cinco metros, lo cual, según él, era más que suficiente para demostrar la veracidad de su teoría.
Nadie estuvo de acuerdo, pero le cambiaron el apodo de “el gaucho” por “ventarrón”.
Pabliten fue el único que no se burló de él, y que siguió llamándolo gaucho, por lo que la relación entre ellos se estrechó hasta llegar a ser una amistad muy íntima. Ambos se admiraban, se respetaban, y se consolaban mutuamente por padecer la incomprensión del populacho.
Por tal motivo, era muy habitual que “ventarrón” lo visitara para contarle sus proyectos, y que los revisaran entre los dos.
Ese día, la idea en cuestión era la construcción a nivel comercial de paneles solares para calentar agua, y terminar generando energía eléctrica a muy bajo costo.
El inconveniente que había encontrado era el costo del material, y andaba buscando una solución para fabricar a bajo precio las tapas de los paneles, con algún elemento que dejara pasar los rayos de luz visible, pero que retuviera adentro los rayos infrarrojos. Por supuesto, conocía la capacidad del polietileno transparente, tipo Agropol, a esos efectos, pero pretendía un material más durable, amén de la necesidad de que soportara temperaturas elevadas, para poder trabajar con vapor sobrecalentado.
- Creo que lo vos necesitás sería una chapa de acero recubierta de amianto, transparente a la luz visible, y opaca a los rayos infrarrojos, ¿no? –preguntó Pabliten.
- ¡Claro, claro! –contestó ventarrón, con sorna- Si me vas a agarrar para la chacota, me voy a casa.
- ¡No, esperá! Creo que te puedo dar la solución. Ocurre que yo, hace unos días, descubrí que… -y Pabliten le contó lo de la invisibilidad.
Ventarrón no lo podía creer.
- ¿Así que vos descubrís la forma de hacerte invisible, y lo único que se te ocurre, para aprovechar la cosa, es espiar a un loro y dar vueltas en calesita? ¡Pero que mamerto!
- Bueno, tampoco es para que te escandalices tanto… -se amoscó Pabliten.
- ¡Pero cómo querés que no me escandalice! ¿Vos te das cuenta que esto es algo que la humanidad ha deseado desde siempre? ¿No te percatás que te podés llenar de oro? ¿Tan salame, podés ser?
- Mirá, la verdad, sólo pensé en las cosas que me gustaría hacer a mí, aprovechándola, pero no para qué la podrían querer otros…
- Evidentemente, vos no naciste para llenarte de guita…
- Eso es cierto: la guita no es uno de mis objetivos centrales… ¡Pero no me parece razonable que justo vos me lo vengas a criticar! ¿O no hemos coincidido mil veces en que te pagan un sueldo de morondanga, por el simple hecho de que no querés condescender a las formalidades habituales en tu laburo?
- Sí, tenés razón; mejor, dejemos de discutir pelotudeces, y vamos a ver como podemos concretar lo de los paneles solares…
- Me parece bien, aunque, teniendo en cuenta el día lluvioso, primero voy a hacer unas tortas fritas… ¿Qué te parece?
- ¡Fantástico! Y, ya que estamos, mientras te espero, prestame la guitarra un rato, ¿puede ser?
- Si; andá y agarrala: está dentro del ropero. Y de paso, traéme el clarinete…
- ¡Hecho!
Y así se pasaron toda la tarde y parte de la noche: comiendo tortas fritas, tomando mate amargo, e interpretando con guitarra y clarinete temas de Daniel Viglietti…
Ninguno se hizo rico, claro.
¡Pero se los veía tan contentos!
Por: Dumos Bosteqc | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Sábado, 23 de septiembre de 2006
Después de casi un año de ardua lucha, he logrado que mi librito “Relatos de Nurumbega” se hiciera realidad…
He aquí su tapa, lomo y contratapa.
¡Io sono emozionatto! ¡Sñig!

Por: Dumos Bosteqc | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Miércoles, 20 de septiembre de 2006
Los primeros días, Pabliten aprovechó su recién adquirida invisibilidad en pos de su objetivo original: observar al loro sin ser visto, y enterarse de los ocultos misterios de la chamanería.
Se exprimió el cerebro tratando de encontrar secretos significados a la expulgación del ave, a su entrecerrar de ojos, y al incomprensible parloteo que acometía de vez en cuando.
Incluso, se preguntó cómo debía interpretarse el hecho de recoger una pata, y dormir apoyado sólo en la otra… ¿O sería que fingía dormir?
Tras dos meses de retorcidas e infructuosas elucubraciones, harto ya de estar harto, abandonó su espionaje y la chamanería, todo de una sola vez.
Habría que tener en cuenta, también, el fracaso sufrido con el “Ritual para el dinero”, ya que el tano no sólo no ganó un peso, sino que había gastado en comprar velas, candado, llaves, mantel y papel celofán, y no dejaba de reprochárselo.
La cuestión fue que, abandonados los sueños de poderes chamánicos, Pabliten dióse a meditar acerca de la utilidad que podría darle a su invisibilidad.
Lo primero que se le ocurrió -¡Oh, alma sensible!- fue intentar hacer un poco de justicia en el mundo:
- ¡Podría eliminar a todos los dictadores! –se dijo.
- Debería comenzar matando al Papa, y a Bush, Berlusconi, Aznar, Tony Blair, Angela Merkel, Chiriac, Le Pen, Oscar Berger Perdomo, de Guatemala, Elías Saca de El Salvador, Fox de México… -enumeró, y empezó a considerar las dificultades…
- Tendría que conseguirme una pistola, pero no sé usarla: jamás disparé un arma; y viajar en avión, pero me dá miedo; además, no conozco El Vaticano, ni Washington, Roma, Madrid, Londres, París, ni las otras ciudades: me perdería, y no podría preguntarle a nadie, para no descubrirme; y lo más probable es que, aunque me los encontrara frente a frente, no los reconocería…
Y abandonó el proyecto.
Decidió hacer una lista de todas aquellas cosas que siempre había ambicionado, pero que nunca pudo realizar. Quedó así:
1) Entrar gratis a ver a Les Luthiers.
2) Ver desnuda a Isabel Sarli.
3) Ver los ensayos de “Sos mi vida”, para enterarme antes que los demás.
4) Dar muchas vueltas en la calesita, sin pasar vergüenza.
5) Leer “Cornetín” antes que salga, para saber la solución del Sudoku.
6) Nadar desnudo en la pileta de natación del club.
7) Escuchar a los demás, cuando hablan de mí.
8) Meterme en un baño de damas, y observarlas.
Y con eso quedó satisfecho; ahora bien, los tres primero ítems ofrecían la dificultad de obligarlo a trasladarse a Buenos Aires, así que decidió postergarlos para más adelante.
Empezó por el número 4, y ese día decidió dar 74 vueltas en la calesita de Kasteli, y divertirse como un loco…
En realidad, antes de eso debió enfrentar varios inconvenientes: no había considerado que era invisible A TODOS LOS EFECTOS, no solamente a los deseados por él, así que cuando fue a cruzar la calle, en la primer esquina, se lo llevó por delante un ciclista. La cosa fue conflictiva, porque los que vieron al ciclista pegar un salto en el aire y caer despatarrado, sin causa aparente, hicieron caso omiso de sus quejas, y lo zambulleron de prepo en el antiguo bebedero para caballos, que aún había frente al boliche, pensando que tenía una curda de Padre y Señor Nuestro…
Pabliten se levantó a duras penas, todo dolorido, y a punto estuvo de darse a conocer, para explicar la cosa y detener el injusto trato que le estaban dando al pobre tipo…
Por suerte, se detuvo a tiempo, considerando las dificultades en las que se metería.
Hizo el resto del camino pegado a la pared, para evitar que los transeúntes lo atropellaran, y cruzó las calles con las mayores precauciones.
Subir a la calesita le costó un triunfo, porque las madres se abalanzaban a retirar a sus tiernos párvulos, y otros párvulos se subían al galope, para dar la próxima vuelta. Lo empujaron al suelo como dieciocho veces, pero nadie le prestó atención; ni siquiera cuando la calesita arrancó con él enganchado de una pierna y lo revolcó durante tres minutos.
Cuando al fin logró subirse, casi no podía moverse del dolor, pero sus ansias reprimidas durante años lo ayudaron a montar sobre un brioso corcel de madera; ya estaba sintiéndose en la cima del mundo, cuando un gordito de unos doce años decidió trepar al mismo caballito.
Esta vez cayó hacia el lado del centro, así que quedó atrapado en el hueco, obligado a saltar cada vez que pasaba uno de los hierros que unen el piso con el motor.
Cuando al fin la calesita terminó su infernal vuelta, Pabliten huyó despavorido, sin preocuparse de la sorpresa que recibió cada una de las personas que atropelló al salir a la carrera…
Esa noche, mientras intentaba acomodarse en la cama en la posición menos dolorosa, antes de dormirse, Pabliten empezó a soñar con el baño que se pensaba dar al día siguiente en la pileta del club, totalmente desnudo…
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Lunes, 18 de septiembre de 2006
Luego de que se fueran su prima y la perra, Pabliten empezó a considerar el tema de la invisibilidad.
Tomó el vibrador con la mano izquierda, y con la derecha el control remoto; lo encendió, y comenzó a subir la frecuencia.
La vibración de la mano era imperceptible, por lo leve, y por la gran velocidad. Hasta se diría que producía una sensación placentera, de relajación.
La mano comenzó a desaparecer; primero el puño, luego la muñeca, el antebrazo, y casi hasta el hombro. Comprendió que al ser el cuerpo algo bastante elástico, y con una masa considerable, la frecuencia de la vibración iba disminuyendo paulatinamente a lo largo del brazo, hasta llegar al límite donde se hacía nuevamente visible.
- Bueno, es cosa de colocar varios vibradores en resonancia, de modo que cada uno mueva una masa razonable… -pensó.
- Y ubicar cada uno en algún lugar estratégico –se contestó a sí mismo.
Y se puso a trabajar febrilmente.
A Pabliten le gustaba trabajar, fabricar aparatitos con sus manos, y lo disfrutaba mucho. Para llevar el placer al máximo, lo hacía escuchando música: colocaba un CD en el equipo de audio, subía el volumen casi al máximo, y lo acompañaba cantando y hamacándose al ritmo de la canción.
En esta ocasión, colocó su preferido: “La guitarra de Lolo”, por Miranda.
Fabricó trece vibradores; cada uno, con su correspondiente correa de fijación: dos para los antebrazos, dos para los hombros, uno para la cabeza, dos para el abdomen, dos para la cadera, dos para las piernas, por encima de las rodillas, y otros dos que se colocó arriba de los tobillos.
Los conectó todos con cables a un único sensor infrarrojo, para que arrancaran al mismo tiempo, se paró frente a un espejo de cuerpo entero, y los puso en funcionamiento.
Sólo quedó visible la zona desde el inicio de la panza hasta debajo de las nalgas…
La cosa daba para que hiciera un poco de autocrítica acerca de su esbeltez, pero prefirió achacarle la responsabilidad a la cantidad:
- ¡Y claro! ¡Si son trece! Traen mala suerte… -se dijo.
Fabricó seis más, cuatro para la panza y dos para las nalgas, y entonces tuvo éxito.
Descubrió que le resultaba incómodo moverse, porque se le salían de lugar, y algún trozo de Pabliten aparecía súbitamente a la vista, causando un curioso efecto.
Para solucionar el problema, se compró un mameluco, y le cosió una especie de bolsillitos en los lugares donde debía colocar los vibradores.
Cuando ya creía tener el modelo definitivo, se dio cuenta que había otra zona visible: la suela de los zapatos.
- ¡Claro! –pensó- es donde apoyo todo mi peso contra el piso, y eso impide que vibre…
La única solución que se le ocurrió fue disminuir drásticamente la superficie de apoyo, así que hubo de resignarse a usar zapatos de mujer, con tacos muy altos y finos…
Cuando tuvo todo listo, se puso el atuendo, y estaba por empezar la prueba, cuando recibió una nueva visita de su prima, aunque esta vez, sin la perra.
La impresión que le causó a Liliana verlo vestido con un mameluco color anaranjado, con una especie de vincha que le sujetaba el vibrador a la cabeza, con zapatos de taco aguja, y sacudiéndose al ritmo de “La guitarra de Lolo”, fue memorable:
Se puso toda roja, y se atragantaba con las palabras que no terminaban de salir de su boca, mientras se tomaba la cabeza con ambas manos.
Cuando se repuso un poco, explotó:
- ¡Mariconazo! ¡Putarraco! ¡Buaaaaaaaahh! –y salió corriendo y llorando…
A Pabliten no se le ocurrió mejor idea que desaparecer, así que encendió los vibradores…
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Sábado, 16 de septiembre de 2006
Pabliten tenía una mente analítica y curiosa, pero también cierta inocencia cuasi-infantil, que le hacía sentir (no “creer”, ni “pensar”, ya que su intelecto razonador lo hubiera descartado de inmediato, por absurdo e imposible) que, cualquiera fuera la duda que lo acosara, SIEMPRE encontraría bibliografía al respecto.
Por eso, dióse a leer cuanto cayera en sus manos sobre la chamanería, y en uno de esos libracos encontró lo que sería la causa de sus futuras aventuras.
Decía allí: “Se sabe desde la antigüedad que la observación minuciosa y detallada de las actividades de los loros en soledad abre las puertas de los arcanos de los conocimientos más profundos, pero desde siempre ha sido muy dificultoso, dado que estas aves rápidamente se percatan de la presencia del observador, y actúan de acuerdo a ello, por lo que ya no se puede extraer conocimiento alguno de sus actos.”
Pabliten contaba con un loro, cedido gentilmente por el larva y el avispa, así que comenzó a observarlo a escondidas.
Para su frustración, cada vez que hacía esto, a los pocos segundos el loro le dirigía la frase “¡Prrr! Pabliten, la papa para el loriten!”, indicándole que había advertido su cercanía, sin importar los esfuerzos que hubiera hecho para ocultarse.
Ante esta dificultad, se dijo que necesitaba algo, al estilo de un biombo, o un telón, que fuera transparente sólo al color verde y opaco a los otros, y que le permitiera observar al loro sin que éste pudiera verlo, y se puso a estudiar la cuestión.
Llegó a la conclusión de que sólo necesitaba hacer vibrar al “biombo” en cuestión (un panel de madera terciada que lo separara del loro) a la frecuencia adecuada, para que fuera transparente al verde.
El problema era, casualmente, esa frecuencia: el espectro de luz visible va desde 440 Terahertz (o sea, 440 x 10 a la 12 ciclos por segundo) para el color rojo, hasta 700 THz para el azul, así que, para el verde, anda en unos 600 THz, un tanto elevada para obtenerla con métodos comunes.
Pabliten no se desanimó, pensando que, si bien la frecuencia era muy alta, por lo menos el movimiento en sí podía ser infinitesimal, por lo que la potencia requerida sería finita.
Y se puso a trabajar en el tema.
Pasaron meses, pero al fin tuvo el vibrador en sus manos: era un tubito muy chiquito, de unos 3 cm. de largo por un poco más de 1 cm. de diámetro, parecido a una pila tamaño “AA”, y con un consumo tan despreciable, que lo alimentaba con energía solar. Se manejaba con el control remoto del televisor, convenientemente modificado a esos efectos: se ponía en marcha con la tecla de encendido, y se aumentaba o disminuía la frecuencia con las de cambiar los canales.
Por supuesto, puso mucho cuidado en que la frecuencia más baja posible estuviera por encima de los 400 THz, dado que, si el vibrador oscilaba en el rango del infrarrojo, dejaría de ser sensible al control remoto, y no tendría posibilidad de apagarlo o variar su frecuencia…
Decidió probarlo inmediatamente, así que lo adosó al terciado, y preparó el escenario, colocando al loro y diversos objetos ordenados según su color: una pelota roja, una palangana plástica color naranja, una taza amarilla, un cenicero marrón, y un paraguas azul.
Encendió la luz de la habitación entre los gritos del loro, que se refería de mala manera a sus ancestros, y pasó a la habitación contigua, tapando el hueco de la puerta con el biombo. Para asegurarse que pudiera vibrar libremente, lo colgó del techo con resortes muy blandos, y lo dejó separado cinco milímetros de la pared y del piso.
Listo ya para la prueba, se sentó en una silla, a oscuras, y con el control remoto en sus manos.
En esos momentos, y sin que él lo supiera, a pocas cuadras se acercaba su prima Liliana, con su mascota, la perra “Gamuza”…
Pabliten encendió el vibrador.
Fue subiendo la frecuencia, hasta que la pelota roja se hizo visible a través del terciado.
Su emoción no tenía límites.
Pasó rápidamente por los otros objetos, hasta que llegó a los 624,73 THz, y pudo ver al loro.
- ¡Tarea cumplida! –se dijo con un suspiro: ahora podría observar al loro, sin ser visto por él…
De cualquier manera, decidió seguir probando con frecuencias superiores.
Razonó que la luz visible podía ser considerada como la suma de varias armónicas (siendo cada una de ellas una onda de la frecuencia correspondiente a un color), y tras un rápido cálculo puso el vibrador a esa frecuencia.
Fue como si el terciado hubiera dejado de existir: la habitación contigua, con todos los objetos que en ella había, era perfectamente visible.
- ¡Acabo de inventar el terciado transparente! –pensó Pabliten, con su habitual modestia de miras.
En ese instante, entraron su prima y la perra.
“Gamuza”, al ver la pelota, saltó inmediatamente sobre ella, para jugar.
Sufrió un duro e inesperado golpe contra el “terciado transparente”, que se salió de frecuencia, empezó a balancearse colgado de los resortes, y volvió a ser opaco.
Pabliten apagó el vibrador, pero se había percatado de algo sorprendente: en el instante en que “Gamuza” chocó con el terciado, antes aún de que se oyera el golpe, por una fracción infinitesimal de tiempo, desapareció…
¡Durante ese instante, “Gamuza” fue invisible!
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